Desde mis años en la universidad, cuando observé por primera vez cómo una imagen emergía lentamente sobre un papel blanco dentro de un laboratorio, supe que la fotografía formaría parte de mi vida. Aquel instante, casi mágico, despertó una fascinación que nunca me ha abandonado. Aunque mi trayectoria profesional se ha desarrollado en el ámbito de la ingeniería, la fotografía ha sido siempre un hilo constante, acompañándome y evolucionando conmigo.
Mis primeros pasos serios llegaron en Zaragoza, en la Escuela Spectrum Canon, donde descubrí la importancia de la técnica, la composición y el poder de una mirada entrenada. Aquella formación inicial asentó las bases de todo lo que sería mi trabajo posterior.
A comienzos de los años 80, pude adquirir mi primera cámara: una Olympus OM10 equipada con el Zuiko 50 mm f/1.8. Durante décadas fue mi compañera inseparable. Con ella aprendí a entender la luz, a valorar la espera y a construir imágenes con paciencia. Aún la conservo —polvorienta pero querida— como un objeto sentimental que representa mis inicios, aunque mi hija insista en reclamársela.
Con la llegada de lo digital, mi fotografía tomó nuevos caminos. Dejé atrás el blanco y negro para adentrarme en el color, pero manteniendo siempre lo esencial: el concepto detrás de cada imagen. Mi intención es provocar una pausa en quien observa, una invitación a reflexionar, sorprenderse o simplemente contemplar la belleza de lo cotidiano.
Durante aquellos años de transición y búsqueda, Caborian fue un espacio fundamental. Aquella comunidad online que durante años fue el foro fotográfico de referencia en España me brindó algo que va más allá de la técnica: el intercambio honesto con otros fotógrafos, la crítica constructiva entre pares y la conciencia de que la fotografía seria se construye también en el diálogo. Participar activamente en ese foro me ayudó a afinar la mirada y a entender mejor el lugar que quería ocupar dentro de este medio.
Una parte de este trabajo llamó la atención de Espacio Foto, una tienda madrileña especializada en fotografía de autor que se interesó por mis bodegones y decidió incorporarlos a su selección. Verlos expuestos y a la venta, en edición limitada, numerada y certificada, fue una de esas satisfacciones silenciosas que uno no olvida: la confirmación de que lo que haces tiene sentido más allá de tu propio estudio.
En los últimos años me he centrado en los objetos comunes, otorgándoles un protagonismo inesperado y casi vivo. La iluminación se ha convertido en mi herramienta principal, una forma de modelar lo sencillo hasta volverlo significativo. Esta etapa ha sido profundamente influida por mi formación con Harold Ross, fotógrafo americano y referente mundial en la técnica del light painting, cuyos métodos me han abierto una forma completamente nueva de entender y trabajar la luz y el volumen.
A lo largo de mi trayectoria he encontrado inspiración en diversos artistas. Me atrae el claroscuro y la atmósfera de los pintores del barroco holandés, capaces de otorgar solemnidad a lo cotidiano. También me inspira la mirada objetiva y casi reverencial con la que Albert Renger-Patzsch revelaba la belleza intrínseca de los objetos y la naturaleza, la forma escultórica con la que Edward Weston trataba los objetos, la poética silenciosa de Josef Sudek y la mirada conceptual de Chema Madoz, tan precisa como evocadora. No busco imitar sus estilos, sino aprender de su sensibilidad y dialogar, a mi manera, con esa tradición visual.
A menudo me dicen que mis fotografías son metáforas visuales, y considero ese comentario uno de los mayores halagos que puedo recibir. Mi fotografía es, en esencia, una forma de pensar: una conversación silenciosa entre la luz, los objetos y el espectador.
Jaime Mugaburu